Se ha ido, solo me queda su recuerdo. Y, por una vez, es agradable. Puedo ver su espectro de huesos y piel, sus ojos que ya no me hablan, que se han mudado, o quedado mudos, no lo sé. Se ha ido y ya no raspa, ni duele. Se ha ido y, al mirar los despojos, no me han temblado las piernas, ni las lágrimas. Lo tengo que escribir porque parece producto de una ilusión, que se va a desvanecer en cualquier momento. Lo escribo, porque al pronunciarlo puede que deje entrar a la duda. Pero es imposible negar que se ha ido. Que se fue. Y, por una vez, no soy quien llora por el.
Y, ahora, a estudiar y estudiar. Y, dentro de nada, las añoradas vacaciones. Buenas noches pequeños-grandes husmeadores.
Madrugo, o lo intento. Realmente me quedo dormida dos de los cuatro días de clases. Un buen equilibrio. Cada vez hace más frío y cala. Sigo con las pesadillas.
Audrey me recibe todas las mañanas y me persigue con la pelota. Salgo con prisa (siempre) y con la bufanda hasta la nariz. El sol todavía está tímido y desperezándose. Dudo de si he cerrado la puerta y pierdo 10 valiosos segundos. Desenredo los auriculares y al fin comienza lo bueno de la mañana.
Es fundamental que la primera canción sea perfecta para el día. Y canto para mí. Miro la hora y continuo. Ya no se nota el frío. Llego justo antes de que el autobús se vaya. Me voy al fondo a maldecir mi incapacidad de dormir con personas alrededor y ya no canto.
Una hora es mucho rato para pensar y pensar.
Para dejarse cerrar por dentro.
Para conocerse.
Hoy he recibido, de forma inesperada, una alegría; en la biblioteca de la universidad, mientras buscaba un estudio sobre El Lazarillo de Tormes, me he topado con un libro de Carlos Salem. Pienso recorrer esos estantes más a menudo. De momento Tomates Verdes Fritos está casi terminado y hoy he comenzado con El túnel. Ah, y La Celestina también en proceso. Y películas y películas pendientes. De momento he visto Lost in translation y Once (recomendadísimas ambas). Estoy abierta a sugerencias.
Nota recordatoria: No tomar café cuando se haya ido el sol por mucho que su olor te tiente y, lo que es más importante, no combatir el insomnio mirando antiguas fotografías (hay demasiadas).
"Por veredas de sueño y habitaciones sordas tus rendidos veranos me aceleran con sus cantos" Julio Cortázar
No nos da risa el amor cuando llega a lo más hondo de su viaje, a lo más alto de su vuelo: en lo más hondo, en lo más alto, nos arranca gemidos y quejidos, voces de dolor, aunque sea jubiloso dolor, lo que pensándolo bien nada tiene de raro, porque nacer es una alegría que duele. Pequeña muerte, llaman en Francia a la culminación del abrazo, que rompiéndonos nos junta y perdiéndonos nos encuentra y acabándonos nos empieza. Pequeña muerte, la llaman; pero grande, muy grande ha de ser, si matándonos nos nace.
Ha pasado el año. He pensado mucho y he salido poco. Me he regalado tiempo, demasiado tiempo para pensar. Y mientras las navidades pasaban, para mí pasaba otro año. He envejecido un año en dos semanas; pero sigo llorando con la cara tapada. Ha habido cosas que me parecieron ridículas y al segundo fundamentales. He retenido al caos bajo altas dosis de ficción y la mente en suspensión. Te he odiado y te he querido irremediablemente, cada día. He censurado mis canciones favoritas para no escucharte y he lamentado haber cedido tanto espacio de mí para hacer sitio a tu rock, a tus películas y toda tu sabiduría de pasillo de instituto. Pretendiendo no hacer lo de siempre, he acabado haciendo exactamente lo mismo: balance. Y ya no entiendo de números desde que no estás y he perdido el rumbo contando cada vez que te vi dormir y el mundo se concentraba en la paz de tu frente.
Pasará otro año y espero no tener que hacer el esfuerzo de no quererte, espero no seguir muriendo cuando no quedan luces y escucho puntear la guitarra. Mi propósito no es olvidarte, te has encargado de que no exista esa opción, mi propósito es poder hacer las paces con lo que ya no será.
Feliz año.
Me gustaría excusarme por la tristeza de lo que digo, pero no sé escribir cosas alegres aún.