Me está costando escribir y, rebuscando entre borradores, me he encontrado con esto. En su momento no me convenció, pero ahora mismo, leyéndolo, he vuelto a sentirme arrastrada, ahogada y anegada. Los remolinos de tu pelo
He dejado de escribir, me pesa la memoria en los dedos; y si escribo, por despiste o necesidad, en seguida borro las huellas para que nadie sepa nunca los charcos sobre los que salto y embarro. Pero sigo aquí, por si alguien echaba en falta una dosis de melancolía pegajosa.
4. Conversación
Cada vez que te hablo, otras palabras escapan de mi boca, otras palabras. No son mías. Proceden de otro sitio. Me muerden en la lengua. Me hacen daño. Tienen, como las lanzas de los héroes, doble filo, y los labios se me rompen a su contacto, y cada vez que surgen de dentro -0 de muy lejos, o de nunca-, me fluye de la boca un hilo tibio de sangre que resbala por mi cuerpo. Cada vez que te hablo, otras palabras hablan por mí, como si ya no hubiese nada mío en el mundo, nada mío en el agotamiento interminable de amarte y de sentirme desamado.
Se ha ido, solo me queda su recuerdo. Y, por una vez, es agradable. Puedo ver su espectro de huesos y piel, sus ojos que ya no me hablan, que se han mudado, o quedado mudos, no lo sé. Se ha ido y ya no raspa, ni duele. Se ha ido y, al mirar los despojos, no me han temblado las piernas, ni las lágrimas. Lo tengo que escribir porque parece producto de una ilusión, que se va a desvanecer en cualquier momento. Lo escribo, porque al pronunciarlo puede que deje entrar a la duda. Pero es imposible negar que se ha ido. Que se fue. Y, por una vez, no soy quien llora por el.
Y, ahora, a estudiar y estudiar. Y, dentro de nada, las añoradas vacaciones. Buenas noches pequeños-grandes husmeadores.
Madrugo, o lo intento. Realmente me quedo dormida dos de los cuatro días de clases. Un buen equilibrio. Cada vez hace más frío y cala. Sigo con las pesadillas.
Audrey me recibe todas las mañanas y me persigue con la pelota. Salgo con prisa (siempre) y con la bufanda hasta la nariz. El sol todavía está tímido y desperezándose. Dudo de si he cerrado la puerta y pierdo 10 valiosos segundos. Desenredo los auriculares y al fin comienza lo bueno de la mañana.
Es fundamental que la primera canción sea perfecta para el día. Y canto para mí. Miro la hora y continuo. Ya no se nota el frío. Llego justo antes de que el autobús se vaya. Me voy al fondo a maldecir mi incapacidad de dormir con personas alrededor y ya no canto.
Una hora es mucho rato para pensar y pensar.
Para dejarse cerrar por dentro.
Para conocerse.
Hoy he recibido, de forma inesperada, una alegría; en la biblioteca de la universidad, mientras buscaba un estudio sobre El Lazarillo de Tormes, me he topado con un libro de Carlos Salem. Pienso recorrer esos estantes más a menudo. De momento Tomates Verdes Fritos está casi terminado y hoy he comenzado con El túnel. Ah, y La Celestina también en proceso. Y películas y películas pendientes. De momento he visto Lost in translation y Once (recomendadísimas ambas). Estoy abierta a sugerencias.
Nota recordatoria: No tomar café cuando se haya ido el sol por mucho que su olor te tiente y, lo que es más importante, no combatir el insomnio mirando antiguas fotografías (hay demasiadas).
"Por veredas de sueño y habitaciones sordas tus rendidos veranos me aceleran con sus cantos" Julio Cortázar